Últimamente se han escuchado muchas críticas en torno a la representación del sexo en Game Of Thrones. Quejas sobre su gratuidad y su exceso. Sin entrar en el debate, diría que están muy bien empleadas para describir personajes y dar pinceladas sobre un mundo en el que tanto el sexo como la violencia campan a sus anchas. Evitarlo sería romper con la fidelidad del universo levantado por George R. R. Martin. Además, ¿a qué tanto miedo por unas tetas? Siempre me ha parecido más escandalosa la violencia mostrada en muchos procedimentales policiacos. 

Pero retomando este tema, me parece curioso que el programa que más sexo está mostrando sea Girls, la nueva comedia estrenada por HBO, escrita, protagonizada y producida (y seguro que iluminada...) por Lena Dunham. Las crónicas de cuatro chicas neoyorquinas que son la antítesis de Sexo en Nueva York, niñatas que viven en una urbe más cercana a la retratada por esa otra comedia de la cadena How To Make It in America, menos glamurosa y más complicada.  

Esta serie, que ha ido cogiendo fuerza conforme pasaban los episodios, ganando en confianza y dando empaque a un conjunto que en principio se veía muy desequilibrado en favor de su protagonista, nos ha regalado las mejores escenas de sexo de lo que llevamos de la temporada. Momentos que basculan entre lo íntimo, lo sorprendente, a ratos bizarras (en el sentido incorrecto y anglosajón de la palabra) pero revestidas de cotidianeidad. Identificables en las emociones, aunque no tanto en las situaciones. 

Normalmente, en cine y televisión el sexo se muestra idelizado, perfecto, siempre con una delicada banda sonora, con una iluminación que esconde la realidad de unos cuerpos y unas posturas que pese ortopédicas lucen muy bien en el cuadro. Girls huye de ello y lo hace gracias a la desvergüenza de Lena Dunham y su alter ego Hannah. No hay episodio que no nos regale una escena sexual en la que no sepamos si reirnos a carcajadas o esconder la cara entre las manos para no tener que ver el "desastre" que está teniendo lugar. 

Pero aquí es dónde creo que reside el valor de la serie, éstos momentos no están sólo para epatar al espectador a través del desconcierto, sino para describirnos los personajes. En Girls las relaciones sexuales están construidas para profundizar en las protagonistas. Sabemos más de ellas gracias a estos momentos, a su forma de enfrentarse a ellos y hasta el punto al que llegan. 

Jessa lo puede utilizar para reafirmarse ante un exnovio, Marnie para valorar una relación con la que no sabe que hacer o Soshanna para descubrir sus inseguridades. Pero quien mejor las aprovecha es Hannah en su relación con Adam. Estos dos personajes construyen una de las parejas más fascinantes que han pasado por la pequeña pantalla en los últimos años. 

Ambos, hasta arriba de taras emocionales, son dos seres que se necesitan y que sólo en sus desarmantes encuentros sexuales entendemos como pueden estar juntos. Hannah necesita estar con alguien y ha encontrado en la excéntrica persona de Adam alguien en quien apoyarse sin ser juzgada, sin que se espere nada de ella. Y él, pasota y despreocupado, comienza a engancharse a esta chica, que en su afán por dejarse querer, entra en su peculiar juego. 

Funcionan, porque pese a todo son dos pequeñas personas vitalmente perdidas en una gran ciudad a la edad de veintitantos. Bueno, y porque ambos son muy guarros. Y es que ya sólo por momentos como la escena de la ducha del octavo episodio, en la que intimidad, desvergüenza y comedia se dan la mano, Girls ya merecería cualquier premio a mejor serie. 

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