En televisión es difícil mantener la autoría de un programa. En un medio que lleva un ritmo imparable y en el que son muchos los implicados en la escritura, es difícil alcanzar una personalidad única y diferenciadora. Algunos lo consiguen: Aaron Sorkin y su vertiginoso talk&walk, Joss Whedon y la creación de ese slang repleto de referencias pop o los Palladinos y la chispa en sus rápidos diálogos.

Shonda Rhimes también tiene su estilo. Aunque en este caso, no es algo del todo bueno. Dos series de las que es plenamente responsable (Grey's Anatomy y Private Practice) han establecido una serie de características que bien pueden identificarse como shondismos. Resumiendo: personajes irritantes, diálogos ágiles, casos melodramáticos y salidas de tono a la hora de planificar eventos.

Este explosivo cóctel, tuvo la sorprendente suerte de funcionar durante la segunda temporada del Seattle Grace. Un cúmulo de casualidades debieron alinearse para dar 27 episodios maravillosos, una serie de capítulos que consiguieron un equilibrio que Shonda jamás fue capaz de igualar. Tras ocho temporadas de una serie y cuatro de otra, nos damos cuenta de que estamos ante una creadora mediocre y ensimismada en su universo (Shondaland...) que no será capaz de recrear un bombazo igual.

Scandal es su tercer intento y no hace más que corroborar mi párrafo anterior. Esta nueva serie, de la que por ahora sólo hemos visto el piloto, es un terrible ejercicio de creerse bueno y hacer el ridículo. Shonda quiere ser El Ala Oeste y también The Good Wife. Quiere una serie con personajes femeninos fuertes, laboralmente triunfadores y que además "sufran por sus agitadas vidas privadas".

El comienzo es una declaración de intenciones. Protagonista irritante y prepotente, interpretada por una insoportable Kerry Washington, que tiene el mérito de recitar una parrafada que debe ocupar dos páginas de guión sin apenas respirar. Hablar rápido para parecer ingeniosos. Si en el Ala Oeste lo hacían y les valía ¿por qué aquí no?, se debió preguntar Shonda. Se ve que no tuvo en cuenta que lo que salía por la boca de los personajes debía ser medianamente inteligente.

Más allá de su sonrojante estilo y de una premisa dificilmente creíble (superabogados que van desfaciendo entuertos en Washington), lo peor fueron los toques más Shonda. La necesidad de dar una turbulenta vida personal a sus personajes se salda con una protagonista que se pasea por el Despacho Oval como quien lo hace por el comedor de su casa y que nos plasma una historia de amor que no hay por donde coger. Una cosa es liar a tu protagonista con el jefe de cirugía y otra cosa es ésto.

El pésimo manejo de la tensión sexual no resulta entre Olivia Poppe y el presidente concluye en otra de esas escenas que te hacen maldecir a aquel que le dijo a Shonda que sabía escribir y que se dedicase a ello. Si hay cámaras en el Despacho Oval y no puedes hablar sobre tu amante ¿por qué te avalanzas sobre tu ex como si estuvieses en la intimidad de una cabaña en el bosque? Desastroso.

Scandal promete ser terrible. Tanto, que puede ser hasta disfrutable. Al menos yo pasé todo el episodio piloto gritándole a la tv: Shonda ¿cómo puedes ser tan lo peor?. La Rhimes se cree buena y ella, que debe ser bastante parecida a su protagonista, se la ve subida. Nos quedan por delante unas cuantas horas de agobiantes diálogos vergonzosos, situaciones melodramáticas e impostados alegatos políticos.

Obviamente, el segundo capítulo no me lo perderé.

1 lectores han dicho:

  1. ¡Fuera dudas, si es que me quedaba alguna! Gracias.

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