Downton Abbey nos recordó un género clave en la televisión, pero muy denostado, como es el culebrón. Lo presentó oculto en un envoltorio de calidad y en una producción visualmente deslumbrante. Downton Abbey entraba por los ojos y luego, su cuidada escritura te atrapaba, convirtiéndote en un habitante más de la mansión. Manejaron un ingente número de personajes, pero consiguieron el equilibrio adecuado para que, ofreciéndonos pinceladas, fuésemos capaces de involucrarnos tanto con los señores de la casa, como con sus criados.
Como buen culebrón, Downton Abbey ha contado con sus villanos de opereta, la malvada O'Brien o el arribista Thomas pusieron la pimienta a las tramas, que aderezado con los devenires románticos de Lady Mary y Mathew, nos tuvieron en vilo esa primera temporada.
Su segundo año tenía como reto ser igual de entretenido y equilibrado. Y quizás, han cojeado un poco. En su afán de dar historias propias a casi todos los personajes han manejado más tramas de las que debieron, perdiendo algunas por el camino o llegando a puntos muertos. Sus criticadas elipsis no fueron un problema en si mismas, ya que sólo sirvieron para mover sucesos en la línea temporal a capricho de sus guionistas, pero sin mostrar evolucion emocional en los personajes. No confundían, pero dejaban más al descubierto los mecanismos utilizados por Fellowes & co.
Querer contar tanto ha llevado a una falta de empatía por lo que sucedía. Matthew podía estar en la guerra, pero uno tampoco se daba cuenta viéndole ir y venir cada veinte minutos. Alguien podía marcharse para siempre y aparecer en el siguiente episodio, tener una enfermedad cuando los guionistas lo necesitaban para llevar la trama por donde querían o una muerte para solucionar embolados de los que no sabían muy bien cómo salir.
Estos recursos, que una serie como Revenge veríamos de lo más normal, han molestado un poco en la perfección de la que hacía gala Downton Abbey. Por suerte, para cerrar el segundo año supieron llegar al espectador y centrarse en el corazón de la serie: lady Mary y Matthew. Al fin volvieron a emocionarme con los ires y venires de estos dos, pareja que fue desarrollando poco a poco una química magnífica entre ambos. Las circunstancias se empeñaban en separarlos, pero nosotros éramos conscientes de que ambos eran perfectos el uno para el otro.
En el cierre de la serie me vi gritándole a la tele y maldiciendo a los guionistas. Les perdoné ciertas gripes oportunas y el cansancio que producía el drama Anna/Bathes. Habían recuperado el espíritu más Downton y concluyeron con un especial navideño que, haciendo concesiones a la fecha en la que se emitía, nos dejaba con una sonrisa de oreja a oreja.
Ahora tocará esperar un buen puñado de meses a que regresen y además, tendrán que hacerlo por caminos distintos. Impaciente estoy por las novedades que se saquen de la manga y tranquilo ante la noticia de que para esa nueva tanda de episodios, el tiempo no avanzará tan enloquecidamente.
Muero de ganas por volver a esa rutina de intrigas de alcoba, cenas de gala y tés en la sala de estar.







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