Lo que nos trae el 2011

Este 2011 nos ha traído algunos estrenos que curiosamente tienen algo en común, no parten de material original. Los remakes de Skins y Shameless versionan dos series inglesas ya clásicas. La tercera, Spartacus, es un spin off/precuela de la serie homónima, que surgió de la necesidad de seguir con el programa sin contar con su protagonista, que había enfermado de cáncer. El no venir de nuevas, ha conllevado unas espectativas que las ha hecho fracasar o triunfar dependiendo un poco de filias personales.

Spartacus: Gods of the Arena
Aquí nos remontamos unos cuanto años a lo acaecido en Spartacus: Sand and Blood. Batiatus ha comenzado a llevar las riendas del ludus que hasta hace poco había llevado su padre. Sus ansias de poder todavía no se han visto satisfechas, Crixus, la futura estrella de las arenas, ni siquiera ha comenzado a entrenar y Batitaus (John Hannah) y Lucretia (Lucy Lawless) todavía son una pareja feliz. Sabemos como terminará todo, pero en este caso, lo importante será el camino. Ya en el primer capítulo se anuncian las conspiraciones y los tiras y aflojas de poder. La estética se mantiene, cromas, ultraviolencia estilizada, cuerpos musculosos y muchas tetas. No falta el sexo ni los desnudos gratuitos. Pero menos no podríamos esperar de Spartacus. Si esta precuela sigue el camino de la serie original, se irá creciendo con el paso de los episodios, conforme las tramas se vayan entrelazando y la historia coja peso.


Skins (US)
Al analizar este episodio las comparaciones con el original inglés son inevitables. Pero me han sorprendido muchas de las críticas negativas que se quejaban de haber rebajado el tono. Quizás del lenguaje se podría decir que hablan con menos tacos, pero si cuando van a decir un fuck, lo censuran, casi mejor que prescindan de ellos. Pero por lo demás, es un episodio calcado a la original. Como balance rápido, perdemos la magia de Cassie, pero ganamos la fuerza de Tea. También es cierto, que de Skins no me enamoré hasta su segundo capítulo, en el que seguíamos a una alucinada Cassie, por lo que habrá que darle una oportunidad para ver si el camino que toman también es interesante y aporta algo al universo Skins. De primeras, el segundo episodio está dedicado a Tea, por lo que será completamente nuevo y nos podrá valer como prueba de fuego a la hora de ver el camino que quiere tomar esta versión.


Shameless (US)
Con Shameless se podría decir lo mismo que con Skins, pero en este caso no he seguido la serie inglesa, por lo que no puedo comparar. Me lo planteé, pero que ya contase con ocho temporadas me echó para atrás y finalmente decidí darle una oportunidad al remake americano. Ha sido con diferencia el estreno que más me ha gustado. También es cierto que a mi me das una comedia con una familia desestructurada y de partida ya me has ganado (Malcolm, The Middle, Raising Hope). En este caso, la química entre todos los hermanos Gallagher, esa forma que tienen de organizarse, que a la vez es un desastre absoluto y a la vez un calculadísimo engranaje. Los hijos convencen, desde la responsable hermana mayor, interpretada por una (sorprendetemente) carismática Emmy Rosum, pasando por Lip el hermano listo, Ian el chaval gay o Debbie la hermana pequeña un tanto peculiar. A estos les sumamos dos hermanos más de los que por ahora no sabemos gran cosa y la pareja de vecinos que son una extensión de los Gallagher. Todos conforman una serie más entrañable de lo que en principio aparenta ser, aderezado con pinceladas de humor muy inglés. Los creadores han prometido distanciarse de la serie original en unos pocos episodios y soy optimista, si vas a hacer una cosa por segunda vez, puede que aprendas de los errores y salga algo bueno. Un poco como sucedió con The Office y su remake americano.

In Treatment: Segunda temporada

El formato de En Terapia siempre me resultó interesante, en parte debido a los tres años que pasé (perdí) en psicología. Pero su ejecución, dos personajes en una sala hablando durante veinte minutos, me producía un poco de rechazo. ¿Sería un programa aburrido y repetitivo? Por suerte, me animé a darle una oportunidad y en su primera sesión, con una Laura derrumbándose tras una noche de fiesta, me enamoré de la serie. Su primera temporada nos presentó a siete personajes, cinco pacientes y dos terapeutas, a los que llegábamos a conocer a la perfección. Eran personas condicionadas por sus infancias, con traumas que les impedían vivir normalmente y con una horrible necesidad de ser escuchados. A lo largo de nueve semanas les vimos desmontarse y a la vez reconstruirse con el único objetivo de intentar seguir con unas vidas que se habían quedado estancadas.

Su primer año fue magnífico, los cierres de todos los personajes muy acertados, algunos más optimistas, otros más pesimistas y abandonamos a un Paul que se hace una pregunta ¿y ahora cómo continuar con mi vida? En la segunda temporada le retomamos un año después, se ha mudado a Brooklyn y atiende a nuevos pacientes. El reto era complicado, tenían que atraparnos al igual que lo hicieron los anteriores y tenían menos semanas para llevar a buen puerto sus terapias, siete, frente a las nueve del primer año. Y curiosamente, frente a la fascinación que me produjeron los personajes de la temporada inicial, los de este segundo me impactaron a un nivel emocional que no esperaba.

En esta serie, gran parte del vínculo emocional viene de lo que nos reflejamos en esos personajes, cuanto más vemos de nosotros en ellos, más perturbadora resulta En terapia y a la vez más intensa. En este segundo año no fueron los padres las figuras determinantes de los pacientes, si no las madres. Aquí los discursos arraigan en el recuerdo de unas maternidades enfermizas y culpabilizadoras. Madres que no se pudieron hacer cargo de sus hijos, madres culpables de no llevar a cabo las funciones que se espera de ellas y que dan como resultados niños perdidos. Personas que tuvieron que sostener un peso mayor del que les correspondía, que culparon a quien no debían y cuyo dolor se transformó en algo profundo que apenas reconocían. Una tara emocional que supieron llevar de mejor o peor manera, pero que terminó por derribarlos.

Y como siempre Paul se enfrenta a ellos como si se trataran de un rompecabezas, donde las mentiras, algunas firmemente creídas como si fuesen verdades por el propio interlocutor, buscan ocultar el motivo. Porque en este caso, la verdad libera, pero lo hace a través del dolor. Sólo con el sufrimiento emocional de la catársis, sólo al entender eso tan doloroso que se enterró profundamente, entonces uno puede, tan sólo iniciar el camino de la curación.

Esta segunda temporada nos ha traído a Mia, una antigua paciente de Paul que arrastra una enorme soledad. Triunfadora en su trabajo como despiadada abogada, que por desgracia anhela aquello que no tiene, un marido e hijos. El tiempo pasa y ella ve cómo su reloj biológico empieza a decirle que es tarde. Sus discursos son descorazonadores y su soledad infinita.

April es una joven de 23 años enferma de cáncer. Una chica responsable que siempre ha cuidado de si misma, con un hermano con problemas que acaparó la atención de sus padres. El cáncer es como un huracán, la confianza en si misma desaparece y sólo se aferra a ella a través de la negación de su enfermedad. Mientras nadie lo sepa, quizás entonces, no tenga cáncer. Sus sesiones son devastadoras y su relación con Paul es un silencioso grito de auxilio.

Oliver tiene 12 años y sus padres se han separado. Es un niño incomprendido en medio del campo de batalla de dos adultos que sólo se hacen daño. Paul le verá como reflejo y conectará con él. Su mirada de enfado e impotencia al ver a los dos progenitores de Oliver discutir sin prestar atención a su hijo, lo dice todo.

Walter es un tiburón de los negocios, un hombre de 70 años, CEO de una multinacional, que siempre ha llevado sobre sus hombros el estrés propio de su profesión. Pero de repente, llegó el insomnio y los ataques de pánico ¿Por qué?

Y por último, presenciamos el reencuentro entre Paul y Gina en unas sesiones que ahondan todavía más en los recuerdos, miedos y culpas de Paul. Su madre que se suicidó, su padre que les abandonó, todo ese caldo de cultivo que ya vimos en el primer año, termina por explotar, quizás, demasiado tarde.

Desde una óptica personal, la segunda temporada me ha parecido más emocional y menos cerebral. También ha dejado una sensación de inacabado, con algunas de las terapias tan sólo comenzando cuando llegan a la séptima semana. Pero a su vez, concluyendo de manera más realista. Aún así, hay un cierre, una sensación de clausura que bien podría haber servido como final de serie tras la última y definitoria sesión entre Paul y Gina. Simbolizado, todo ello en una puerta que finalmente se cierra para no volver a abrirse.